Cada lunes a la mañana
me desvisto de máscaras.
Levito sobre el aire
un rato,
y me vuelvo, sin más,
a la cama.
Permanezco, tal vez, un minuto
observando los dibujos del sol.
Como un neurótico convencido,
planeo minucioso la semana,
con la firme intención,
que no pasará lo inventado.
Me acuso entonces de pesimista,
de no concederme sueños,
del negativismo íntimo,
donde se forjan los culpables.
Entonces,
sonrío.
Me levanto lentamente
con sonrisa kafkiana.
Observo las pasillos de casa,
las alfombras invisibles,
los cuadros de cera
que jamás vi pintados.
Observo todo lo que no está,
y me emociona lo que veo.
Camino siendo otro
otro rato,
viviendo lo que no vivo
y soñanado lo que sueño.
Y al mirarme en el espejo,
solamente,
sonrío y me celebro,
¡pues sigo vivo!